Alberto Aranguibel B.- Si el mítico “por ahora” del 4 de febrero de 1992 se convirtió desde el primer momento en el símbolo de la anunciación para los venezolanos fue porque, en efecto, jamás una frase tan corta tuvo el poder de alentar con la fuerza de una verdad tan esperanzadora a los más amplios sectores de la población.

El auspicioso pronóstico que encerraba la pequeña frase era superior a la verborrea de los tediosos discursos de demagogia a los que estaba habituado el país desde hacía décadas. Y que el pueblo estaba cansado de escuchar sin recibir a cambio ni una pizca del festín en el que las cúpulas de la ineficiencia y la corrupción que entonces gobernaban habían convertido la riqueza nacional.

De manera invariable en esos discursos todo consistía en promesas y explicaciones insustanciales, cuyos propósitos eran, por una parte, disolver la presión de una sociedad que clamaba cada vez con más fuerza por su emancipación, y por la otra, evadir la responsabilidad de esas élites depredadoras en la tarea de proveer y asegurar el bienestar social.

La sola idea de la responsabilidad debida fue siempre un asunto espinoso para aquellos gobernantes que el pueblo elegía no por fidelidad a causa o proyecto alguno de país, sino como castigo a la ineptitud y la indiferencia recurrentes de aquel oprobioso puntofijismo hacia las necesidades del pueblo.

La irrupción de Hugo Chávez en la escena política nacional con aquel breve discurso que cambiaría la historia, tuvo entonces el carácter alentador que demandaba un país que estaba llamado a la transformación inevitable de su destino en función del bienestar y la felicidad común de los venezolanos.

Pero fue la asunción de la responsabilidad, expresada en el tono más categórico por el comandante de aquella gloriosa rebelión cívico militar a la hora de su declaración ante las cámaras, lo que sin lugar a dudas marcó un quiebre definitivo con ese pasado funesto que tanta hambre y miseria dejó sembradas a lo largo y ancho del país.

Fue ese gallardo gesto de innegable valor ético lo que encendió el respeto y la admiración imperecedera que se ganó desde aquel momento el líder de una revolución que no ha evadido jamás su compromiso. Pero que tampoco ha evadido nunca su responsabilidad en la lucha por el bienestar del pueblo.