Bruno Renaud.- 15 de abril, día de la Tierra. Esta Tierra, salvajemente tratada por su mayor depredador: el ser humano. Sí: otro tipo de relación con la Tierra es posible. Más aún: otra manera de comportarnos es absolutamente necesaria. Porque en la inmediatez de nuestra práctica, de nuestra vida diaria, nos preparamos a dejar a nuestros herederos un siniestro panorama.

En la actualidad, Venezuela es uno de los países del sub-continente más maltratado, no sólo por las circunstancias económicas, sino también por el inquilino llamado “hombre”. Con una conjunción de responsabilidades donde predomina la bárbara agresión del Norte, por encima de cualquier irrespeto a la naturaleza de parte del venezolano. Son dos factores distintos; uno, la crisis; otro, la pésima respuesta venezolana.

“Esto no es una crisis, ¡es un atraco!”, decía una de las consignas del movimiento de los “Indignados”. Según el sociólogo José María Vigil, “crisis” es una palabra demasiado inocente y neutral. En realidad, es la organización criminal nada ingenua destinada a colocar las riquezas de la Tierra al servicio de “una estructuración económica que ponga todo al servicio del capital y de la economía”. ¿Con qué objetivo? El de mantener el 99 % de la humanidad de rodillas, a los pies del 1 % dominador. No es una crisis, o sea, un fenómeno espontáneo. Al “uno por ciento” denunciado también por el premio Nobel Stiglitz, le basta con mantener la hegemonía neoliberal en los medios de comunicación. Este es el primer nudo de nuestro estrangulamiento. El maltrato a la Tierra va también, después, contra el ser humano, a la vez víctima y victimario.

Lamentablemente, Venezuela tampoco estaba preparada para dejarse entusiasmar con la búsqueda de una Tierra alternativa. Por eso, en el momento de la emergencia, de la “crisis”, no encuentra otro medio para sobrevivir que el de la explotación a ultranza de sus riquezas mineras. Después de haber sido dominado durante un siglo por el “excremento del diablo”, nuestro país inventa otro suplicio: el “arco minero”, equivocada salvación en nuestra miseria. ¡Y váyase a predecir si este nuevo tormento durará menos tiempo, o será más respetuoso del indio, guardián legítimo y eficaz de la Tierra!
El lector de la Biblia se ha dejado convencer desde hace mucho tiempo: el ser humano no es el dueño de la Tierra. El hombre es tan sólo el administrador, el “lugar-teniente” de Dios. No es el amo real de la Tierra. Dios, y Él solo, se la “confía”, dice el primer capítulo del Génesis. La Tierra no es la esclava destinada a ser avasallada por el ser humano, sino respetada como madre nutricia.

Bruno Renaud

Sacerdote de Petare