Maryclen Stelling.- A medida que se acerca el 20-M, impunemente se agudiza la crisis económica. Sometidos e inermes ante la crítica realidad socio-económica y el proceso inflacionario desatado, incrementa en la ciudadanía el descontento, angustia y una fuerte sensación de indefensión.

Sentimientos que se enraízan en la agenda ciudadana, ante una respuesta oficial que se percibe lenta y desfasada frente al avasallamiento de lo que califican como “debacle social y económica”. Una sensación de inseguridad se apodera de la población, indefensa ante las fuerzas arrolladoras del proceso inflacionario. Expertos definen el sentimiento de inseguridad como un “entramado de representaciones, discursos, emociones y acciones” donde lo objetivo y lo subjetivo están entrelazados de un modo indisociable.

Un clima de hiperemocionalidad intolerable corre parejo con la hiperinflación sin control. Miedo, temor, ira y rabia; pérdida de la fe, inseguridad, ansiedad, sensación de amenaza e insatisfacción acompañan la cotidianidad y, en especial, la procura diaria de la subsistencia. Asistimos y somos víctimas de un encadenamiento de estados afectivos ante el avasallamiento de la situación económica.

El entramado emocional forma parte de la representación de la trama hiperinflacionaria que, a su vez, dota de sentido al mundo de representaciones y emociones. Un importante número de personas se perciben como víctimas y se consideran en situación de peligro real y potencial. Problema social que requiere protección y, sobretodo, control y castigo ante el deterioro creciente de la calidad de vida.

En el ámbito político y económico se configuran y compiten dos narrativas políticas sobre la crisis, que se establecen como descripción “legítima” de la realidad inflacionaria, apoyadas en relatos mediáticos en pugna y, en determinados casos, con un tratamiento